Por: Miguel Marañon
El día sábado me encontraba festejando el cumpleaños de mi hermana, después de compartir el plato tradicional y de mostrar algunos pasos de baile llego el final de la fiesta, cuando los parientes se alistaban a partir mi adorada madre (80 años) no tardó en sugerirnos que debíamos rezar un rosario para que el fallo de la Haya sea favorable a nuestro país, ya que uno de sus tantos sueños podía realizarse (que nuestro país tenga acceso soberano al mar), mi hija no tardó en abrazarla y decirle que todo lo que ella pedía a Dios se cumplía.
Al escuchar el fallo negativo, sentí una profunda amargura, pues debía compartir el almuerzo con mi madre (al cual no asistí), pues no encontraba palabras para explicarle por qué los grandes magistrados internacionales encargados de “hacer justicia” en el planeta daban la espalda y otorgaban derechos al país que mediante una guerra se apropió de nuestro territorio, cómo explicar que en pleno siglo XXI la razón de las armas puede más que cualquier otra justicia.









